pensamientos míos 2

Me enamoré de los que me querían como amiga, deseaban follarme los que yo no entendía por qué, teniendo diez años me devoraba un primo con ansia que me llevaba otros diez, y un pederasta quiso seducirme también. Mi padre siempre me prohibió “arrimarme a los ñiños” y casi acabo construyendo un porqué.
Desde los cinco años me recuerdo besando a mis amigas pero recuerdo mi primer orgasmo con once o doce años leyendo a Juliette del Marqués de Sade. El segundo lo recuerdo estudiando de memoria la lección de Geografía e Historia a fin de evitar el tirón de pelos de Doña Emilia si no la sabías “recitar”.
Para hablar del Instituto aún necesito unos años más. Los treinta y siete que tengo siguen siendo un ensayo de lo que viví con aquella edad.

Desde que murió Franco sólo pinté “con seriedad” cuando entendí que alguien creyó en mí. Tras el empujón de mis profes asistí tres meses a la Escuela de Artes y Oficios. Dibujaba muy bien pero no sabías pintar. Había pasado de pintar una casa con camino árbol, pozo y montañas, a chulear en el cole haciendo las láminas de mis compañeras y a cambiar en el Insti los trabajos de plástica por exámenes de latín. Pero no sabía crear.
Dibujé de manera aún hoy para mí, increíble. Y repetí doce veces el cuadro que realicé en mi examen de ingreso. Memoricé las mezclas de colores, el orden de las manchas de color y el tiempo que emplearía en él. Dibujé, me sobraron veinte minutos en mi cuadro y tras dos meses de retraso de la regla, supe que aprobé. De manera que ese año acumulé los primeros tres primeros reconocimientos en mi vida: mis profes animándome a hacer Bellas Artes, mi aprobado en el puesto treinta de cuatrocientos en Bellas Artes y la llamada de mi padre anunciándomelo: “superior”, me dijo. “Superior”, después de veinte años en este mundo, depués de veinte años de no ser un chico, después de veinte observando sus herramientas, después de trece arreglando los pinchazos de mi bicicleta, después de diez subiéndome a su moto y a su coche en la cochera, aprobé.
Recordaba entonces los escupitajos a la casa de enfrente, cabreada con Marco, adorando a Heidi sin saber porque, temiendo a mi padre, oyendo gritar a mi madre para que bajara a limpiar, sin ver desde hacía días a la Flora, la Paquita desde hacía una semana con peluca, mi amiga Paqui enamorada, yo enrollada con una mujer casada y embarazada, su suegra pillándonos en la cama. Todo ellos con cuarenta grados, a media hora del centro y entre los lodos de las calles que me rodeaban.

Había organizado manifestaciones y huelgas en el instituto sin saber por qué. Simplemente creías en los más mayores que yo, que luchaban. Había discutido con mi padre por llevar a casa una pegatina que encontré de camino a clase del Partido Comunista de España. Me había pirado de clase, robada por una profesora para asistir con quince años a un mitin de Marcelino Camacho, mientras ella me rogaba que no se lo dijera a nadie y mientras regalaba grabaciones de Serrat y de Aute.

1 comentario:

el maletero dijo...

Me gustaría que vieras la ilustración de la mujer en la madera de nogal. Me ha recordado tus últimas narraciones nocturnas.
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