pensamientos míos

Me recuerdo cantando desde que me lo confesó el uso de mi razón.
Recuerdo concretamente dos día de mi niñez en un escenario común: la terraza de toda mi casa. Los dos días yo pintaba con acuarela sobre las traseras del calendario caducado que colgábamos en la cocina de aquella casa. El primero de esos dos días mi madre subió a decirme: “hoy no se puede cantar”. Pregunté por qué. “Se ha muerto Franco y no sabemos lo que puede pasar”. El segundo era un domingo. Emitían Heidi por la tele y a mí se me cayó el primer diente. Sentí que me lo serraban sin dolor.
Jugaba a llegar con un escupitajo y con huesos de aceituna a las terrazas que estaban frente a mi casa. En una vivía mi amiga de la infancia, Paqui. No me importaba no llegar. En la de por encima vivía la Flora. Su padre, borracho habitual, le pegaba. Flora se marchó de casa cuando su madre, Luisa, murió. Isidro era el vecino que vivía por debajo de Paqui. Hijo de un jorobado y de una madre condenada por el cáncer, me confesó que los niños nacían por el chocho y que lo de la cigüeña era mentira.
Amalia tenía un marido retrasado, una hija más retrasada aún llamada Maria Luisita, y también tenía a Amalia. Por encima de Flora estaba María la Gorda y Claudio. Claudio paseaba sin tregua cuando aún el Imserso no sabía que existía Benidorm. Por debajo de Amalia estaba María, con sus hijos llamados a voces a la hora de comer y un marido, muerto recientementemente (por fin) que se creía invisible abriendo la puerta de su cochera cada vez que un ruido de motor visitaba nuestra calle. Más abajo, la Conchi, el Antonio, su madre Antonia y su padre Vicente, trabajador de la Coca-cola, al que magistralmente difuminaron su alcoholismo hasta el día de su muerte. Por debajo de la Conchi, la Jacoba. Vió en su cuarto embarazo la ventaja de ser declarados familia numerosa. Comían cocido de lunes a viernes.
De mi acera recuerdo especialmente a mi tía que murió de cáncer a los cuarenta y seis años, viviendo con su familia por debajo de mi casa. Y a mi abuela, que vio morir a su marido a dos de sus hijos, a cinco metros de mi puerta. Todos eran familia de mi padre.
Recuerdo al Bicho, por debajo de mi tía, borracho y con traqueotomía, tocando la bocina de su Ducatti para que la Carmen le abriera.
Por encima de mi abuela vivía Paquita. Paquita tenía tres hijas y una perra llamada Susi que tenía una cadena con la que José le pegaba cuando bebía. Paquita nunca lo confesaba. Pero sus hija eran amigas mías. Beli, la hija mayor, cantaba los fines de semana mientras limpiaba la casa. Cantába como los ángeles. Yo ponía la FM y también cantaba pero nunca podía con ella.
A los catorce años mi padre me concedió el derecho de salir de mi calle y moverme por el barrio hasta las nueve de la noche. Obviamente, yo ese día dejé de moverme por el barrio para comerme la ciudad.
Estudié en un colegio con más categoría que el que merecía mi barrio. Y, supuestamente, porque así lo había hecho mi prima, y con los ojos ciegos de mi progenitor por ese motivo, en el peor Instituto de la ciudad. En el colegio, claro está, no pudo ser de otra manera, me enamoré a los ocho de mi profesora Doña Encarna y a los doce de Doña Elisa. A mi Doña Encarna la recuerdo sentada en su sillón sin bragas y a mí escondida bajo su mesa.
Por supuesto, llegué al instituto dispuesta a ser tan libre como los profesores que me habían contado que iba a tener.

Los domingos se hacía en mi barrio “el mercadillo”. Era la única ocasión en que la gente estupenda aparcaba sus coches en nuestras calles y nos venían a ver.
Como en un acto de fe (igual que las hormigas), cada domingo yo subía al mercadillo. En principio a pedirle a mi madre hasta el agotamiento que me comprase algo. Con los años, a fumar y a que los vendedores de color, los primeros que yo veía, me llamasen guapa y me regalaran sonrisas. Tuve claro entonces que nunca me casaría y que de formar pareja, sería sin dudarlo con un negro.

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